Cronica del dia Miércoles 22 de Febrero - Quinto día de audiencia.
El garage de tribunales en nada se parece a un cine de Córdoba, y ni hablar de las comodidades del Libertador, pero son suficientes las 40” del tele y las sillitas de plástico para que algunos interesados se acomoden a ver el juicio público.
Es miércoles. Un 22 de febrero comienza la quinta audiencia. Ansiada audiencia, porque se promete, quizás, el testimonio más importante del juicio. “Hoy declara la hermana de Ana”, le comenta un viejo a una señora mientras se acomodaba en una silla verde.
La sala estaba llena. Y ese día declaraban tres testigos: María Esther, la prima de Ana; Ángel, el primo de Jorge: y la hermana de Ana, María Cristina. Hay silencio, y es porque la gente está atenta, se siente parte, como si estuvieran ahí mismo, dentro de la sala de Tribunales que tampoco es muy espaciosa. La única diferencia es que ellos no están ahí en ese pequeño garage, ni al lado tuyo, ni de frente (como los tiene Tito, hermano de Anita); o a tu izquierda mirándote, respirándote, intimidándote sólo a unos pasos de distancia, tal como le pasa a María.
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El garage de tribunales en nada se parece a un cine de Córdoba, y ni hablar de las comodidades del Libertador, pero son suficientes las 40” del tele y las sillitas de plástico para que algunos interesados se acomoden a ver el juicio público.
Es miércoles. Un 22 de febrero comienza la quinta audiencia. Ansiada audiencia, porque se promete, quizás, el testimonio más importante del juicio. “Hoy declara la hermana de Ana”, le comenta un viejo a una señora mientras se acomodaba en una silla verde.
La sala estaba llena. Y ese día declaraban tres testigos: María Esther, la prima de Ana; Ángel, el primo de Jorge: y la hermana de Ana, María Cristina. Hay silencio, y es porque la gente está atenta, se siente parte, como si estuvieran ahí mismo, dentro de la sala de Tribunales que tampoco es muy espaciosa. La única diferencia es que ellos no están ahí en ese pequeño garage, ni al lado tuyo, ni de frente (como los tiene Tito, hermano de Anita); o a tu izquierda mirándote, respirándote, intimidándote sólo a unos pasos de distancia, tal como le pasa a María.
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María Esther es ama de casa, una madre de familia que no habla muy fuerte, pero que tiene algo para decir, algo importante. Pasaron 36 años, pero todavía recuerda cuando vio el cuerpo de Ana. Y este dato es clave para deducir si lo que pasó fue un enfrentamiento como dicen los “canas”.
“La mamá de Ana llamó por teléfono a casa y nos dijo que no encontraban a Anita por ningún lado, no había vuelto desde la mañana”-contó la testigo. Así que de inmediato, ella y sus padres se vinieron para Córdoba para enterarse de lo peor.
“Nosotros le habíamos dado una ropa para vestirla y mi padre la trajo de vuelta porque el cuerpo no se podía vestir”-declara la mujer sembrando silencio en la sala.
“La mamá de Ana llamó por teléfono a casa y nos dijo que no encontraban a Anita por ningún lado, no había vuelto desde la mañana”-contó la testigo. Así que de inmediato, ella y sus padres se vinieron para Córdoba para enterarse de lo peor.
“Nosotros le habíamos dado una ropa para vestirla y mi padre la trajo de vuelta porque el cuerpo no se podía vestir”-declara la mujer sembrando silencio en la sala.
Esther sólo había visto el pecho y el rostro de su prima a través de un vidrio en el velorio.
“Usted vio la cara, ¿Qué recuerda señora?” pregunta un juez.
“Estaba toda quemada como con cigarrillo. Entonces, ¿cómo había sido un enfrentamiento?” -ésa era la pregunta que se hacía Esther después de ver a su prima. Y ésa era la versión “oficial”. “Lo que decían los diarios” –mencionaba, mostrándose algo ingenua.
Era el momento de la defensa de interrogar. Una encrucijada de preguntas elaboradas por los abogados acosaba a Esther, rebuscando detalles y tratando de develar alguna contradicción. Pero no había por dónde darle. A pesar del acento inseguro de Esther, ninguno de los defensores pudo refutar.
II
El siguiente en atestiguar era el primo de Jorge: Ángel. Un señor canoso de origen español vestido de camisa negra. El hombre oriundo de León fue quien reconoció el cuerpo de Jorge por expreso pedido de su tío.
“Cuando vi todo eso me descompuse” -expresó el testigo refiriéndose al momento en que entró a la morgue y vio que en la mesa se encontraban apilados alrededor de ocho cuerpos humanos.
Mientras recuperaba el aliento afuera de sala, un muchacho del servicio fúnebre que lo había acompañado le aclaró al empleado de la morgue que el cuerpo que buscaban provenía del “enfrentamiento” en el Chateau Carreras.
Los recuerdos de Ángel eran confusos y se contradecían constantemente a medida que el interrogatorio transcurría. El aspecto de los cuerpos era lo trascendental para el juicio, pero el testigo recordaba vagamente y contradecía sus declaraciones con respecto a otras hechas en el 2010.
Lo que el testigo subrayó en su testimonio fue el desinterés de la familia Diez por lo sucedido. Y se hizo más evidente aún que Ángel era otro afectado más de la indiferencia de la época, del olvido, del “yo no sé nada”, del “no te metas”.
“Cuando vi todo eso me descompuse” -expresó el testigo refiriéndose al momento en que entró a la morgue y vio que en la mesa se encontraban apilados alrededor de ocho cuerpos humanos.
Mientras recuperaba el aliento afuera de sala, un muchacho del servicio fúnebre que lo había acompañado le aclaró al empleado de la morgue que el cuerpo que buscaban provenía del “enfrentamiento” en el Chateau Carreras.
Los recuerdos de Ángel eran confusos y se contradecían constantemente a medida que el interrogatorio transcurría. El aspecto de los cuerpos era lo trascendental para el juicio, pero el testigo recordaba vagamente y contradecía sus declaraciones con respecto a otras hechas en el 2010.
Lo que el testigo subrayó en su testimonio fue el desinterés de la familia Diez por lo sucedido. Y se hizo más evidente aún que Ángel era otro afectado más de la indiferencia de la época, del olvido, del “yo no sé nada”, del “no te metas”.
III
Ni los miró. Con las manos nerviosas apretaba un pañuelo con fuerza. Así entró María a la sala. Sólo cuando el juez le pidió, miró a los asesinos de su hermana rápidamente, sin reconocer a ninguno. Y durante una hora y media, no los volvió a mirar, ni siquiera a los abogados cuando la interrogaban.
“Que si sigo con esto soy boleta, que sabían dónde estaban mis hijos” -contó María con la voz entrecortada. Se refería a la amenaza: un mensaje de texto recibido la tarde del 14 de febrero, el día en que el juicio comenzó. Con más fortaleza que miedo, dejó bien en claro que a pesar de la amenaza, ella tenía la convicción de seguir adelante. Su reclamo por justicia no hacía más que fortalecerse con esa intimidación.
Ni los miró. Con las manos nerviosas apretaba un pañuelo con fuerza. Así entró María a la sala. Sólo cuando el juez le pidió, miró a los asesinos de su hermana rápidamente, sin reconocer a ninguno. Y durante una hora y media, no los volvió a mirar, ni siquiera a los abogados cuando la interrogaban.
“Que si sigo con esto soy boleta, que sabían dónde estaban mis hijos” -contó María con la voz entrecortada. Se refería a la amenaza: un mensaje de texto recibido la tarde del 14 de febrero, el día en que el juicio comenzó. Con más fortaleza que miedo, dejó bien en claro que a pesar de la amenaza, ella tenía la convicción de seguir adelante. Su reclamo por justicia no hacía más que fortalecerse con esa intimidación.
“Espere más de 35 años para hablar, hubo mucho silencio en la familia y en la sociedad. Hay cosas que voy a contar por primera vez. Y esta vez no me voy a callar”-sentenció la hermana de Ana.
Por razones de seguridad un día después de la muerte de Ana, María que también era militante universitaria se esconde en el campo de sus suegros en Etruria, provincia de Córdoba, junto a su novio y actual esposo. Y 20 días después, vuelve sólo para casarse. “Habíamos hablado con Ana que nos íbamos a casar ese año, lo estuvimos charlando los 4 para ver quién se iba a casar primero. Creo que ellos se iban a casar el 25 de junio”-recordó.Nunca imaginó que su grito de justicia iba a llegar tan lejos. Nunca imaginó que el juicio por el asesinato de su hermana se iba a concretar. Conmovida, recuerda los juicios anteriores donde Menéndez fue juzgado y condenado. Y reconoce que fueron muchas cosas las que ayudaron a que esto suceda, como la lucha de los organismos de derechos humanos y la política de estado del ex presidente Néstor Kirchner y de la actual presidenta de la Nación.
Cuando Oroz indaga acerca de la militancia que compartía con Ana y Jorge, ella cuenta: “ellos estaban en la Juventud Universitaria Peronista, y como J.U.P. se presentaban con su lista para las elecciones de centro de estudiantes. Hablábamos de los apuntes, de los deportes para los estudiantes y del boleto estudiantil”.
Una hora y media había transcurrido del relato de María. En el garage, había 5 personas más o menos, cuyas edades rondaban entre los 40 o 50 años. Y mientras la hermana de “Kela” -como la apodaban a Ana- estaba precisando detalles sobre cómo era Anita. Una chica elegante para vestirse y que por el tipo de ropa que usaba, su rutina como estudiante y su trabajo, era prácticamente imposible que usara o pudiera ocultar armas. En ese instante, a través de la pantalla del tele se vio cómo Nolasco Bustos, uno de los acusados, levantada disimuladamente sobre su pecho una revista. Casi imposible era intentar leer desde la pantalla. Había que acercarse un poco para intentar leer. “¡Evita montonera dice!, míralo al hijo de puta” -exclamó una de las señoras que estaba sentada. Y empezaron a murmurar. No le importaba que su hijo este ahí en la sala acompañándolo, tenía que hacer la canallada, tenía que provocar. Todas las miradas se habían puesto sobre él, menos una, la de María.
“Para mí es un privilegio que la causa de mi hermana haya llegado acá, porque en cada causa de los 30.000 están todos, para mí héroes, inmortales”- finalizó María Cristina Villanueva.
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