Por Agostina Parisí
Es el segundo día de audiencia. El calor nos pega a todos en la pequeñez de la sala, pero la expectativa por escuchar ese testimonio, hace que el aire denso del lugar sea un detalle menor. Se trata del primer testigo en declarar ante el tribunal compuesto por el presidente Dr Carlos Julio Lescano y los vocales Dr José María Pérez Villalobo y Dr José Fabián Asis. Su apodo es “Tito”, Ángel Guillermo Villanueva, único querellante particular.
Es el segundo día de audiencia. El calor nos pega a todos en la pequeñez de la sala, pero la expectativa por escuchar ese testimonio, hace que el aire denso del lugar sea un detalle menor. Se trata del primer testigo en declarar ante el tribunal compuesto por el presidente Dr Carlos Julio Lescano y los vocales Dr José María Pérez Villalobo y Dr José Fabián Asis. Su apodo es “Tito”, Ángel Guillermo Villanueva, único querellante particular.
Momentos después de ingresar a la sala, y luego de realizar el juramento, el Dr Lescano le pregunta si tiene algún interés especial con la causa, a lo que Tito responde: “esclarecimiento de la verdad”. Sus palabras se revisten de tal valentía y coraje que denotan el cariño que siente por su hermana, Ana María Villanueva.
Sentado frente a la justicia, después de largos años de espera, Tito comienza su declaración. A su izquierda, los rostros inmutables de los asesinos. Se genera un clima de tensión cuando Tito medita unos segundos y los mira uno a uno para comprobar que nunca los ha visto. El look deportivo de Worona, cómodamente sentado con una pierna cruzada y la frase “Brake rules” en la remera; la expresión de Bustos que simula consternación luego de haber declarado ser “objeto de una sistemática persecución por organismos de DD.HH y otros sectores”; y el viejo Olivieri, que afirma tener problemas de memoria reciente, pero afortunadamente si recuerda hechos del pasado, no hacen que el flaco Tito se sienta intimidado.
Su relato permite entrever parte de lo que significaba vivir en el país en el año 1976. El Proceso de Reorganización Nacional, modelo de gobierno impuesto por la Junta Militar mediante el golpe de Estado del 24 de marzo de aquel año, significaba el advenimiento del terror, la represión y la intimidación manifiesta en todas sus formas. “Estábamos ante un enemigo implacable”, afirma recientemente Jorge Rafael Videla, primer presidente de la dictadura, en una entrevista para una revista española. La juventud era el blanco más apuntado, y eso se comenzó a instalar en el modo de vida de la sociedad. Este es el contexto para comprender la muerte de Ana, como de tantos miles de jóvenes que fueron ferozmente aniquilados durante aquella época siniestra.
Tito declara que en junio del 76, tenía 16 años y era un estudiante de secundario. Al llegar a su casa el día 2 del mismo mes, se encontró con un escenario diferente. Cuenta que luego de llamar a su madre y que nadie responda, salió del comedor una vecina haciéndole una señal de silencio. La noticia de la muerte de Ana, pero además de su novio Jorge Manuel Diez y compañero de militancia Carlos Delfín Oliva, había llegado por medio de la policía, encubierta como un enfrentamiento en el Chateau.
El último día que vio a su hermana, afirma, fue cuando junto con Jorge lo llevaron a su casa en el Fiat 128 de este último. Tito vivía en Arguello con su madre, padre y el resto de sus hermanas, y Ana vivía en una pensión. En un momento del camino, Ana le pidió a Tito que cierre los ojos y agache la cabeza: “Tenemos controles a las nueve de la mañana y de la noche”, recuerda Tito en palabras de su hermana.
Explica que Ana, de 22 años, militaba en la JUP (Juventud Universitaria Peronista), rama de la Juventud Peronista. Fundada en 1973 y rápidamente expandida por los centros de estudiantes de todo el país, la JUP representaba la lucha de los jóvenes por el proceso de Liberación Nacional. En la casa de los Villanueva, Ana le pedía prestada la habitación a Tito para realizar reuniones con compañeros de militancia. Declara, además, que si veía a algún policía dando vueltas por la zona, debía darle el aviso a su hermana.
“Lo mío es la palabra”, dice que le respondió Ana cuando él le interrogó sobre si usaba armas. Testimonios de Tito en otros momentos fuera de la audiencia, sacan a la luz a una joven abocada en la militancia social y en el interés y compromiso por una mayor igualdad entre las personas. Declara sobre un bolso que ella usaba, y en donde mediante un cierre oculto, cocido adrede, guardaba papeles en un bolsillo. Tito había querido acercarse a lo que hacía su hermana, pero ella le habría dicho que aún era joven.
Recuerda, con la voz entrecortada, la noche del 4 de junio, cuando le dijo a su madre: “Mami te prometo una sola cosa, yo a estos asesinos los voy a encontrar, pasaran diez, veinte, treinta años, soy chico”. Con 51 años, y luego de una implacable lucha por la verdad, la cita que Tito y los asesinos tienen es frente a frente, al fin frente a frente y por justicia.
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